Me gustó lo que sucedió anoche. Hubiera sido más emocionante describir que lo que pasó anoche fue un encuentro fortuito con una mujer espectacular, quien me ofreció compañía, más una cerveza, más un porro, para luego aceptar irse conmigo en el carro e invitarme a su casa a comer algo... no precisamente alimento. Pero no, el encuentro fortuito fue conmigo mismo y, apesar de que sí hubo desenfreno, fue solamente literario. Simplemente me dejé llevar, así como lo hago ahora, por el demonio que atormentaba a Arthur Schopenhauer, de quien nunca se dejó vencer. Sin embargo ese demonio sí pagó un precio justo por mi alma y ahora se ha vuelto mi dueño. Ese demonio es la escritura sin previo pensamiento. Aún cuando no logró dominar a Schopenhauer, no por rebeldía, ni por intentar inventar la fórmula del agua tibia yo me he dejado dominar por tal espectro, simplemente, según mi mapa mental, el territorio se logra explorar y disfrutar más de ese modo.
El método Me posiciono en un espacio auditivo y conversamos tres: el cauto, el idealista y el sarcástico, la comedia es bienvenida, pero siempre viene con el tiempo. El espacio auditivo evoca emociones, que se transmutan en ideas, para luego representarse en símbolos, imágenes y letras, reconocibles para los seres humanos (diferente de comprensibles o entendibles) gracias a un transductor que convierte la energía de las ideas en símbolos, imágenes y letras reconocibles, con el fin de ser capatadas por otros transductores que reciben la señal en frecuencias específicas y que solo aquellos transductores que estén sintonizados en la misma frecuencia podrán disfrutar, por ejemplo, de una tarde soleada y ventosa en un parque de piso amarillo, con una fuente en el centro que salpica el semblante, mientras el mismo disfruta de las sensaciones que provoca el acidulce de una naranja pelada y partida a la mitad.
En este momento, poco o nada me importa la predicación del buen ejemplo. Me acostumbre a observar y adoptar códigos morales que me hacen sentir muy bien; códigos morales que por ser códigos son compartidos entre diversos grupos de cualquier índole. Nunca he pertenecido fielmente a un grupo en específico, sino que me he dado a la tarea de probar y provocar a todos los que se me crucen en el camino. De todos he aprendido algo en común, que se resume en una frase anónima: "no se discute si no se conoce y no se juzga si no se discute"
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