¡Cuánto me gusta la selva!, ¡Cuánto me gustan las plantas, los árboles y ojalá ver algún animalillo! Me brotan las lágrimas cuando logro compenetrarme con la naturaleza; puedo sentir la presencia de Dios moviendo las partículas subatómicas, dándole forma a las plantas y los insectos.
Quise irme lejos, aislarme del ruido de los motores, de los gases tóxicos, de los horarios inalterables. Quise aislarme de los compromisos; de la intolerancia, del irrespeto, para refugiarme entre la humedad del trópico, en el ruido constante de las chicharras y el trinar de los pájaros. Quise dejar de caminar en el pavimento, para caminar en la tierra mojada, entre las lombrices y zompopos. Bañarme con la lluvia y secarme con el sol; llenarme de callos las manos y de tierra las uñas. ¡Quise huir!

Pero me he dado cuenta que si huyo tendré que huir toda mi vida, porque lo que llamamos “progreso” está en constante esparcimiento. El smog se escapa de entre los edificios hasta llegar a los árboles. La inconciencia se escapa de entre la corrupción hasta llegar a la rutina. Si se escapa el ambientalista de los edificios, nunca va a llegar hasta los árboles.
Por eso me quedé, no para acostumbrarme, sino para cambiar el rumbo del smog y para esparcir los árboles y la buena conciencia hacia los edificios.
Quiero hacer todo lo que esté a mi alcance para lograr el verdadero progreso, el que no busca ceros en los cheques de salarios, el que no busca la comodidad en el exceso, sino en lo necesario. El que busca la calidad de vida digna de un ser pensante, que razona y que no engulle ideas de las masas. El progreso que respeta la libertad del hombre, en todas sus formas.